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jueves, 13 de febrero de 2014

Nymphomaniac, vol 2

Lars Von Trier, 2013.

Si la primera parte (vol. 1) se centra en la adolescencia y juventud de Joe y su exploración del sexo como algo lúdico y como forma de vida, en esta segunda parte se adentra en la madurez de la protagonista y en como el sexo se convierte en una carga, un motivo de sufrimiento.



Eros y Tánatos, el impulso sexual y el de la muerte, dos pulsiones que Joe parece dispuesta a seguir en ese camino que inicia hacia su autodestrucción, que es también el camino de su (re)descubrimiento sexual. Su búsqueda del orgasmo la lleva, entre otras cosas, a probar con prácticas sado y a hacer un trío con dos negros. Von Trier trata de dotar a su obra de cierta profundidad filosófica, pero al final da la sensación de que su ambición se diluye en un juego provocativo que no llega a ningún sitio. 

sábado, 4 de enero de 2014

Nymphomaniac, parte I

Lars Von Trier, 2013


Nadie sabe provocar como Lars Von Trier. Es más, su mejor cine surge cuando intenta llevar al límite sus propuestas, cuando salta las fronteras de lo convencional para llevar al espectador a territorios estéticos y morales poco frecuentados. Ese es el creador de rompe y rasga que me gusta, que sorprende a pesar de que sus resultados no siempre estén a la altura.


Aquí nos cuenta la historia de una ninfómana, una enferma maníaca cuya obsesión por el sexo le lleva a organizar toda su vida alrededor de los incontables encuentros diarios que necesita tener. 

La película consta de dos partes. En la primera parte la narración se centra en los años de adolescencia y juventud de Joe, interpretada por la actriz Stacy Martin, que sabe otorgar a su personaje la justa medida entre inocencia y morbosidad. El sexo se convierte pronto en un juego, algo que se realiza mecánicamente y con frialdad,  con el objetivo, unas veces, de competir con sus amigas, otras veces, por el placer de controlar al hombre, sentir el poder que hay en el propio cuerpo. Y, por último, por el simple hecho de sentirse viva, de estar en movimiento, como ese animal enjaulado que gira y gira alrededor de su celda. 

Las escenas de sexo son filmadas explícitamente, aunque están exentas de todo erotismo pornográfico. Se trata de tensar los límites morales, de romper barreras racionales y filtros críticos para dejar respirar a las pulsiones más escondidas. Así la película se convierte en un cuento filosófico donde el espectador es interrogado brutalmente sobre el sentido de lo que está viendo. Por eso, a pesar de que podamos sentir un cierto distanciamiento con los personajes apenas dibujados en la película, aunque la historia deambule sin un destino claro, el viaje al que nos somete el director es uno interior, un vagabundeo por las calles más sucias del inconsciente.

viernes, 23 de diciembre de 2011

Melancholia

Lars Von Trier, 2011.


En una entrevista reciente, el polémico director danés Lars Von Trier, declarado persona non grata en Cannes después de unas desafortunadas declaraciones en las que bromeaba sobre el nazismo, hablaba de su última película, Melancholia, diciendo que no estaba contento con el resultado porque le parecía aburrida. Que Von Trier es un bocazas, todo el mundo lo sabe. Pero lo cierto es que el mejor director del mundo, según sus propias palabras, también puede ser autocrítico y sincerarse en plena promoción. Y tiene razón, la película no consigue mantener la tensión y el magnetismo desplegados en las impactantes imágenes de los primeros minutos, en los que vemos a cámara lenta la destrucción de la Tierra a causa del choque con otro planeta.


La película es una metáfora sobre el estado melancólico. Y como tal, funciona en parte, al menos en las imágenes más simbólicas y poéticas del principio. Pero su discurso se va diluyendo y perdiendo en un ensimismamiento que no consigue atrapar. 

En un ensayo de Claudio Magris, Los Consuelos del Apocalipsis, leemos: "Es nuestra muerte individual, solitaria y olvidada en medio del bullicio de las cosas, lo que nos llena de pesadumbre el corazón. Estar comprendidos en un destino común, por terrible que sea, hace sentirse menos solos." La melancolía, estado frecuente en Lars Von Trier, le llevó a una profunda depresión que ha dado origen a sus dos últimas películas, la injustamente vilipendiada Antichrist (2009) y ésta última, que desvela el deseo de desaparecer del propio director y, con él, todo lo que le rodea. El deseo de que todo termine con uno mismo es egocéntrico e incluso malvado, pero profundamente humano. 

La película está dividida en dos partes. En la primera parte vemos las celebraciones nupciales de una joven novia que sufre melanconlía. A lo largo del banquete descubrimos un comportamiento extraño de la protagonista que parece querer romper los lazos que le unen a un mundo en el que no consigue ser feliz. Ignora a su marido, al que no ama, aborrece a su jefe que la despide ante una humillante ofensa y huye de sus invitados para estar sola en cuanto tiene una oportunidad. La novia, interpretada por Kirsten Dunst, es el alter ego del director, que suele cambiar el sexo de sus personajes una vez terminado el guión, y así mata dos pájaros de un tiro. Por un lado, despista, y esconde mejor las identidades de sus referencias. Por el otro, se protege de las críticas de misoginia que solían acompañarle en el pasado. 

La segunda parte de la película se centra en la hermana de la novia, interpretada por una estupenda Charlotte Gainsbourg, que se ha convertido en la musa del director. Un planeta se acerca peligrosamente a la Tierra. La templanza y la sensatez que muestra la hermana en la primera parte se torna aquí en desasosiego y pánico ante la perspectiva de un choque inminente. Por el contrario, la protagonista muestra ahora una fría serenidad, una indiferencia perturbadora. Sus deseos más íntimos se están cumpliendo, todo está próximo a su fin. La última parte de la película retoma el pulso inicial y hace remontar la tensión. Que nadie espere un final feliz. Los deseos más ocultos del director se llevan a cabo hasta sus últimas consecuencias.