martes, 30 de agosto de 2011

El Libro Negro

Paul Verhoeven, 2006.
 
El director de Robocop, Desafío Total o Instinto Básico  nos entrega aquí una nada desdeñable película de suspense enmarcada en la Holanda de los años de dominio nazi. Una joven judía, cantante de profesión, busca ayuda para huir de los nazis. Un misterioso agente holandés le ofrece medios para escapar con su familia y otros judíos. El único requisito es que consiga todo el dinero que pueda para vivir clandestinamente durante dos años. Sin embargo se trata de una trampa y matan a todos, excepto a ella que sobrevive, y se quedan con todo el dinero y las joyas que traían consigo las víctimas. A partir de ahí le ofrecen integrarse en una organización de resistencia donde podrá trabajar como espía y vengarse de los nazis. 
 
Con una trama elaborada, puede que hipertrofiada y efectista, con múltiples giros y sorpresas, la película tiene un tono muy propio del cine de Verhoeven. El componente sexual y turbio toma preponderancia en algunas escenas que alejan a la película del clasicismo. Si hay un pero es que se torna un tanto enrevesada y pierde el realismo que pretende conseguir con una ostentosa producción y puesta en escena. El resultado es una obra entretenida, aunque sin despegar a cotas más elevadas.

jueves, 25 de agosto de 2011

La Noche Que No acaba

Isaki Lacuesta, 2010.

A finales de los ochenta y, posteriormente en los noventa, Jean Luc Godard realizó uno de los poemas visuales más complejos que jamás se ha realizado sobre el cine, Histoire(s) du Cinema. A lo largo de varios capítulos se recorría la historia cinéfila del propio Godard, sus películas favoritas, sus directores admirados y también, se abordaba desde una perspectiva original las relaciones entre cine, arte e historia. Heredera de esta serie documental, Isaki Lacuesta, director gerundense, autor de Cravan vs Cravan (2002), La Historia del Tiempo (2006) o la más reciente Los Condenados (2009), retoma el espíritu de Histoire(s) para trasladarlo a su tierra y centrarlo en una sola protagonista, Ava Gardner. La que fue calificada como "el animal más bello del mundo" recaló en la Costa Brava para protagonizar la película Pandora y el Holandés Errante (Albert Lewin, 1951). 

Ava quedó cautivada por las tierras y las gentes de España, y también por una forma de ver la vida que encajaba bastante con ella. La fiesta, el alcohol y la pasión desmedida fueron las rocas en las que encalló la actriz por una larga temporada. En el documental se muestra el periplo vital de la Gardner durante esos años, sus películas y sus amores, entre los que se encontraban Mario Cabré o Luis Miguel Dominguín. Frank Sinatra aterrizó en España, celoso ante los rumores que le llegaron, para reconquistar a su descentrada mujer. Las huellas de los excesos cometidos en noches de desenfreno se van marcando en un rostro curtido por el paso del tiempo. Y es eso precisamente lo que pretende capturar el documental, cómo el rostro de la actriz muestra las señales que la vida y el cine van dejando en ella. Cómo la decadencia que sufre su cuerpo también es reflejo de su declinante carrera en el cine o viceversa. La vida consumida hasta la última gota.  

sábado, 20 de agosto de 2011

Walk the Line

James Mangold, 2004.

Basándose en la autobiografía de Johnny Cash, el director de las más recientes y mediocres 3:10 to Yuma (2007) y Knight and Day (2010) construye un biopic sobre uno de los grandes cantantes americanos. A pesar de un cierto convencionalismo a la hora de retratar la vida del artista, con las típicas escenas sobre la dura infancia del protagonista, de familia pobre y maltratado por su padre, la obra despliega una sinceridad cruda y desarmante y muestra sin pudor las aristas de un personaje tierno y romántico en ocasiones, ingenuo y autodestructivo en otras. Su voz desgarrada y surgida desde una desesperación abisal arrastra al éxito a una persona que no está preparada para ello. Johnny se torna un adicto de las anfetas y del alcohol y su matrimonio se rompe. Sólo el amor que siente por June Carter podrá sacarlo del agujero en el que él mismo se mete. Pero la relación con la cantante de country es ambigua. Por un lado, es evidente la química y la complicidad entre ellos, pero por otro lado June, casada también, evita el escándalo. La perseverancia de Johnny por este amor es emotiva y le convierte en un ser vulnerable, pero extraordinariamente pasional. 

La actuación de un Joaquin Phoenix en estado de gracia mereció una nominación a los oscar. Si a eso añadimos una banda sonora estupenda, es difícil no disfrutar de la película. 


viernes, 29 de julio de 2011

Hall Pass

Bobby Farrelly, Peter Farrelly, 2011. 

Los hermanos Farrelly están detrás de dos de las comedias más irreverentes de la década de los noventa, Dumb & Dumber (Dos tontos muy tontos, 1994) y There's Something About Mary (Algo pasa con Mary, 1998). La de Mary nunca me ha parecido tan divertida como algunos decían. A partir de ahí los hermanos han seguido realizando comedias con mayor o menor éxito. En Hall Pass, traducida como Carta Blanca, seguimos encontrando ese humor desprejuiciado y gamberro de sus obras previas, pero también hay un discurso más maduro que trata temas como la familia o la crisis de los cuarenta. 

Dos amigos casados y con hijos muestran signos de cansancio en su matrimonio. Sus mujeres detectan a tiempo estos signos y deciden afrontarlos con la técnica de una amiga psicóloga. Durante una semana van a tener una especie de vacaciones matrimoniales, sin hijos de por medio y sin compromisos de fidelidad. Lo que en principio parece el sueño de todo hombre casado se torna en una aventura patética en la que los cuarentones se enfrentan con desesperación a la dura realidad, están oxidados. Y es que el ligoteo con los amigotes es más duro de lo que todos creían recordar. Algunas situaciones que se producen son realmente divertidas y los Farrelly se enfrentan a algunos de los tabús de una sociedad americana cada vez más puritana. Memorable el momento en el que uno de los protagonistas tiene que ser rescatado de un jacuzzi por dos hombres desnudos. La audacia con la que se presentan ciertas verdades y preocupaciones de los hombres de esa edad desde el humor se desvanece en los momentos finales cuando la seriedad y una visión más conservadora se adueñan de la película. Pero a pesar de esto el resultado no decepciona y, al final, queda el regusto de haber pasado un rato divertido.

miércoles, 20 de julio de 2011

Valhalla Rising

Nicolas Winding Refn, 2009.

Winding Refn es uno de los directores del momento. Ganador del premio a la mejor dirección en Cannes por Drive, sus películas anteriores, Pusher (1996) y sus secuelas y Bronson (2008), se han convertido en obras de culto. Personajes extravagantes en los márgenes de la sociedad y violencia descarnada son marcas de la casa. Si en Bronson relataba las aventuras de un preso decidido a convertirse en una celebridad a base de manporros y rebeliones contra el sistema carcelario, en Valhalla Rising nos presenta la historia de un misterioso guerrero de sólo un ojo que permanece preso en una tribu nórdica. 

Utilizado en luchas a muerte con otros guerreros, demuestra su instinto asesino y su destreza para la batalla, que lo hacen temido y odiado. Después de acabar con todos sus captores, emprende un viaje, junto con otros acompañantes a los que se ha unido, por aguas desconocidas y desembarcan en unas tierras donde una violenta tribu les da caza uno por uno. 

La brutalidad de la época que retrata, alrededor del año 1000 a.C., da pie al director para desplegar su vena gore, pero desde un estilo pausado que domina toda la película, que nadie espere encontrar acción a raudales. Lo más destacable de este director danés es su capacidad para construir imágenes de una gran fuerza expresiva. Su estilo visual se impone sobre la historia y tiene preponderancia el componente contemplativo sobre el narrativo, la forma sobre el contenido. De ahí que el viaje del guerrero casi parezca una excusa para poder capturar las imágenes de unos paisajes abruptos y tenebrosos. De hecho, el protagonista no abre la boca en ningún momento y parece que sean las montañas y el cielo los que se expresan por él. El resultado es una obra interesante desde el aspecto visual, pero con una historia un tanto arbitraria y con unos personajes poco o nada definidos, meros cuerpos en movimiento por unos territorios salvajes que podrían representar una especie de entrada al infierno según la mitología nórdica.

martes, 12 de julio de 2011

Balada Triste de Trompeta

Alex de la Iglesia, 2010.

Acción Mutante (1992) y El día de la Bestia (1995) fueron dos gamberradas con un humor negro desacomplejado que en resumidas cuentas eran divertidas. Toda la mordacidad y audacia que tenía Alex de la Iglesia en sus comienzos se ha ido diluyendo con el tiempo. En su último intento por recuperar el pulso vuelve la mirada al pasado más oscuro de España para construir un relato que defiende como uno de los más personales que ha realizado. Sin embargo, y a pesar  de alcanzar León de Plata a la mejor dirección en el festival de Venecia, dicen que impulsado por el director del jurado, Tarantino, la película ha despertado opiniones muy diversas. La mía es que es un derroche sin pies ni cabeza, totalmente prescindible. 



La historia de dos payasos que luchan por el amor de una misma mujer está rodada con una ambición y un desenfreno desmedidos. Los excesos que pueblan las imágenes, llenas de violencia y efectos especiales, no acompañan a un pobre guión en el que sus personajes se mueven en función de lo que requiere a cada momento la acción y no al revés. Los personajes resultan planos y aburridos, eso a pesar de las psicosis que parecen sufrir algunos. El payaso jefe es un psicópata machista que ejerce violencia de género sobre su novia, una trapecista despampanante de la que también se ha enamorado el payaso triste. Este último es un impávido mequetrefe que de repente se vuelve un loco sádico de manera injustificada. Es imposible empatizar con ninguno de ellos. Ni rastro del humor y la ironía que  el director desplegaba en sus obras anteriores. El griterío y la histeria general no es tratada como una alegoría de unos tiempos convulsos, sino como una herramienta para excitar a un espectador que acaba saturado. El clímax en las alturas de un monumento, firma de la casa, en este caso la cruz del Valle de los Caídos, es previsible y no salva la película del tedio. Lo único salvable son los créditos de inicio.     


miércoles, 29 de junio de 2011

Million Dollar Baby

Clint Eastwood, 2004.

Eastwood es un gran cineasta, con un estilo propio y que, en sus siempre bien recibidas películas, reflexiona principalmente sobre el desgaste del sueño americano. La mesa sobre la que se sirve el banquete de este sueño se sustenta sobre cuatro patas: el éxito, la familia, la comunidad y Dios. El director  se empeña en mostrarnos la inestabilidad de esas patas y  cómo la mesa se  puede caer con todo el aparejo del festín. Algunos ejemplos recientes son Mystic River (2003), Gran Torino (2008) o  Changeling (2008), donde se centra en la familia y la comunidad para mostrar una sociedad deshecha. El maniqueísmo del que están impregnadas sus películas no es el resultado de una visión simplista de la realidad, sino que es un mecanismo expresivo, una psicomaquia necesaria para poder golpear con más fuerza las conciencias. 

Pero de todas sus películas, quizás es en Million Dollar Baby donde menea con más brío las cuatro patas al mismo tiempo. Por un lado, el éxito. La boxeadora treintañera, Maggie, es el prototipo de persona con las virtudes necesarias para alcanzar aquello que se proponga: trabajadora, perseverante, humilde y ambiciosa. Pero justo cuando está tocando con los dedos su sueño, todo se derrumba por un accidente desafortunado. Maggie queda paralizada de cuerpo entero.

La familia. La boxeadora es la hija que todos querrían tener. Además de las virtudes antes mencionadas, es honesta dulce y tierna. El personaje interpretado por Eastwood, Frankie, que acaba aceptando ser su entrenador después de la insistencia de la chica, también establece una relación paternal con ella. Pero su familia real está lejos de ser la idílica. El dinero parece ser su único interés. 

La comunidad. El club de boxeo en el que entrena la luchadora Maggie está poblado de distintos personajes que establecen una interesante red de relaciones. Frankie regenta el club. Es un hombre huraño que se ha rodeado de una coraza para no volver a repetir errores del pasado y se ha vuelto excesivamente conservador. Eso le ha hecho perder oportunidades, pero también le ha convertido en un hombre con una sabia prudencia. También está el viejo boxeador al que Frankie acoje por compasión y por un sentimiento de culpabilidad, otro joven enclenque con mucho corazón y poca pegada, el soberbio que aprende una importante lección y, sobretodo, esos desheredados que se refugian bajo el techo del gimnasio y que encuentran la redención dentro de esa comunidad de perdedores. 

Por último, Dios. Cuando la boxeadora pide ayuda a su entrenador para acabar con su vida, Frankie se enfrenta de lleno con las paradojas y las contradicciones de la moral cristiana. La eutanasia no significa aquí una rendición, sino una nueva lucha de la boxeadora por un final digno. La posible afrenta a Dios poco importa frente al sufrimiento de un ser humano. 

Clint nos regala una completa y nada complaciente visión de América a la deriva. En sus imágenes hay una nostalgia que palpita desde la oscuridad en la que se encuentra una civilización cuyos ideales se han podrido.